Para el niño llegar a la escuela supone una nueva oportunidad para poder contar aquello que hizo, a lo que juega o aquello que experimentó en la tarde del día anterior y que tantas ganas tiene de compartir. El niño llega con ganas de contarle aquello que le ilusiona a la maestra, para compartir con ella sus experiencias, ya que para el niño “su seño” no es una docente, sino una amiga en la que puede confiar y quiere que entienda porque hoy está más feliz, triste, aburrido, excitado...
Todo esto se va por tierra cuando al llegar a la escuela, día tras día, ve como su señorita sólo le preocupa que lleguen uno y cada uno de los niños que forman su aula, sin importarle el cómo vienen de sus casas, preguntarles como le fue ayer, que hicieron...
A los docentes se le olvidó que cada niño es un mundo y cada día, atraviesan un umbral diferente, que les afecta para bien o para mal. El niño no queda neutro ante nada, no queda pasivo ante las experiencias que día tras día va recibiendo.
El niño necesita aquello que espera y confia que le ofrecerá su amiga la maestra, no espera el mismo saludo para cada uno, porque no todos somos iguales, algunos les valdrá una simple mirada, a otros les valdrá con el golpecito en la espalda, otros necesitarán varios abrazos y otros necesitan ser escuchados.


