Los niños siempre van a la escuela con experiencias vividas, han experimentado viajes con sus familias a diferentes lugares y seguramente no lo habrán hecho tan derechos, alineados, uno detrás del otro…
Son niños, pequeños e inocentes pero no son tontos. Saben más de la vida de lo que nosotros pensamos y… si queremos ir de excursión por el barrio, los niños saben que deben tener cuidado con los coches, porque ellos, mejor que nadie, saben que la ciudad a día de hoy está construída en torno a los vehículos. Por ese motivo los niños no han tenido más remedio que adaptarse, y para sobrevivir deben jugar y experimentar en su medio más cercano con mucho cuidado.
Los infantes quieren sentirse libres, mirar hacia donde les llame la atención, no quieren tener la responsabilidad de no perder de vista el cogote del compañero que está delante, quieren ser independientes y con actitudes como esta, sólo conseguiremos niños con dependencia de una mano y de ver el pelo del compañero que tiene delante.
Una excursión es una fiesta de exploración y los niños la esperan ansiosos. Sin embargo, si le privamos de ella, sólo conseguiremos que caigan en la decepción y desilusión para próximas excursiones.
Ya tienen bastantes días en clase para observar y apreciar el precioso pelo de su compañero. En las excursiones no tenemos que descuidarnos ni un solo segundo, pero no por ello vamos a encadenar a los niños unos con otros. Si el problema es el miedo a que pueda pasar algo, la solución no es ir cogidos de la mano, sino un mayor número de acompañantes así como trabajar más las salidas.
Un niño libre, en la aventura personal de una excursión, aprecia aquello que más le llama la atención y guarda en su memoria aquello que ve y experimenta para siempre (aunque parezca insignificante).

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