viernes, 18 de marzo de 2011

Un cuento


Érase una vez que se era, dónde la educación era un proceso horroroso, dónde los niños pasaban realmente momentos traumáticos dejándoles huella para toda la vida.

Había maestros y profesoras que no se adaptaban a las necesidades de sus alumnos, su objetivo era únicamente llegar a fin de mes, cobrar sus respectivos sueldos y así llevar a cabo las deseadas vacaciones que esperan con más ansias que los propios alumnos.
Los docentes eran el filtro de un sistema, dónde la innovación estaba prohibida, dónde los niños que mantenían su naturalidad, protestando, haciendo miles de preguntas y exigiendo respuestas, eran encaminados al reino del mutismo, porque aquel que se saliera del rebaño, era silenciado.

Al final, sólo se conseguía jóvenes y adolescentes callados en sus clases, con miedo, dónde una posible pregunta del docente, hacía que estuvieran nerviosos, creando en muchos de ellos vergüenza por dar una respuesta no aceptada por el profesor. Así, poco a poco, se iban conformando con maestros que sólo “sueltan el royo” ya que se habían acostumbrado a escucharles y si tenían que participar sólo lo harían utilizando las premisas que fuesen aceptadas por ellos.


Los docentes no permitían ningún tipo de crítica y menos si era recibida por parte de los infantes, los cuales no eran dignos de criticar la labor de su trabajo, de cómo daban sus clases, como era el trato ofrecido hacia ellos, porque al fin y al cabo, ellos sólo son simples niños.

Fueron felices y el equipo de maestros comieron perdices porque cada final de curso, todos habían dado clases magistrales y su esfuerzo era recompensado con unas increíbles vacaciones en la playa.

...lo triste, es que este cuento, es bastante real...

No hay comentarios:

Publicar un comentario